Empresas que sobreviven vs. empresas que evolucionan: la verdad que nadie quiere decir
¿Cuándo debemos cambiar como empresas? Esa es la pregunta que muchos empresarios e instituciones deberían hacerse constantemente. Sin embargo, el “cuándo cambiar” suele verse frenado por la falta de visión y por la comodidad de seguir haciendo lo mismo de siempre, mientras existan ganancias, participación en el mercado y sistemas tradicionales que, aunque funcionen, ya están quedando obsoletos.
Esta es una crítica directa al empresariado actual,
pero también y más importante aún es un llamado urgente a la acción.
Si consideramos que la vida promedio de una empresa es
de 20 a 30 años, y que después de ese período muchas comienzan a desaparecer
lentamente, resulta inevitable compararlas con organizaciones que han
sobrevivido más de 100, 200 o incluso 700 años. Entonces surge la pregunta
clave: ¿qué hacen ellas que la mayoría no está haciendo?
La respuesta no es simple, pero hay un punto central:
la capacidad de evolucionar.
Porque sobrevivir no es lo mismo que evolucionar. Y la
complacencia no es sinónimo de estabilidad.
Hoy sabemos dos cosas con total claridad: el mercado
es dinámico y puede cambiar en cualquier momento, y los clientes no son
permanentes; se pueden perder tan rápido como se ganan. Mantener una empresa en
números positivos es una lucha constante. Pero cabe preguntarse: ¿no sería más
sostenible ese desafío si contáramos con equipos realmente comprometidos con el
crecimiento de la organización?
Aquí aparece una reflexión clave: ¿por qué trabajan
realmente las personas en una empresa?
¿Es solo por dinero? ¿Por estabilidad? ¿Por pertenecer
a algo? ¿Por crecer profesionalmente? ¿Por oportunidades reales de desarrollo?
Muchas empresas dicen: “crece con nosotros”. Pero en
la práctica, ese discurso rara vez se cumple. En lugar de formar colaboradores,
se generan trabajadores operativos, reemplazables, sin voz, sin participación y
sin proyección.
Y ahí comienza el problema.
Existen estructuras organizacionales donde los
directivos concentran las decisiones, donde se cree que la experiencia lo es
todo, y donde las ideas nuevas son vistas como amenazas en lugar de
oportunidades. El resultado: empresas que funcionan, pero no evolucionan.
Empresas que sobreviven… pero no crecen.
La realidad es clara: se invierten grandes recursos en
procesos de reclutamiento, pero ante el primer error o dificultad, se opta por
desvincular en lugar de desarrollar. Se descarta talento en lugar de formarlo.
En ese contexto, jóvenes sin experiencia, personas con
ideas innovadoras o perfiles distintos quedan fuera del sistema, no porque no
tengan valor, sino porque no encajan en estructuras rígidas.
Y ahí está una de las principales razones por las
cuales muchas empresas no logran proyectarse en el tiempo.
En Chile, esto también se refleja en cierto
estancamiento empresarial, donde muchas organizaciones mantienen modelos de
gestión poco flexibles, con baja capacidad de adaptación, escasa inversión en
desarrollo humano y poca apertura a nuevas ideas.
Pero entonces surge la pregunta importante: ¿qué tipo
de empresa deberíamos construir?
Primero, es importante aclarar algo: una empresa no es
una familia. Y aunque esa idea se ha instalado fuertemente, puede ser peligrosa
si se malinterpreta. Las empresas deben ser organizaciones profesionales, con
estructuras claras, responsabilidades definidas y objetivos concretos.
Sin embargo, eso no significa que no deban tener una
cultura organizacional fuerte, humana y consciente.
Lo ideal es construir empresas donde exista:
- Capacitación
constante
- Desarrollo
real de las personas
- Espacios
de participación
- Escucha
activa
- Posibilidades
de crecimiento interno
Donde una persona que entra en un cargo básico pueda,
con el tiempo, asumir roles estratégicos, no por suerte, sino porque hubo una
inversión real en su desarrollo.
Las empresas que logran sostenerse en el tiempo son
aquellas que funcionan como sistemas vivos, no como estructuras rígidas. Son
organizaciones en constante flujo, similares a un río: se adaptan, avanzan,
integran nuevos elementos y evolucionan sin perder su esencia.
En ese contexto, el talento no se mide solo por la
experiencia, sino también por la capacidad de aprender, adaptarse y proponer.
Una persona sin experiencia, pero con pensamiento
innovador, compromiso y alineación con la visión de la empresa, puede
convertirse en un actor clave en el crecimiento organizacional.
Porque, finalmente, las empresas no son su capital, ni
su marca, ni siquiera su idea inicial.
Las empresas son las personas que las componen.
Por eso, los modelos donde no se escucha, donde las
decisiones son unilaterales y donde las ideas de los equipos no tienen espacio,
están destinados a quedar atrás.
Incorporar prácticas como reuniones periódicas,
espacios de retroalimentación, instancias de generación de ideas y
participación activa no es un lujo, es una necesidad estratégica.
La innovación no siempre viene desde la alta dirección.
Muchas veces está en quienes ejecutan los procesos día a día.
Desde mi experiencia como administrador y trabajador,
he visto organizaciones donde la innovación no existe, donde la creatividad se
limita y donde el liderazgo no impulsa, sino que frena. Empresas que
probablemente no lograrán sostenerse en el largo plazo.
Y aquí hay un punto clave para cualquier emprendedor o
empresario:
La evolución constante no es una opción, es la base
del desarrollo.
Por eso, el pensamiento empresarial debe cambiar. No
basta con administrar, hay que anticipar, adaptarse y evolucionar.
Además, hay un elemento que pocas veces se trabaja con
la profundidad necesaria: la creación de redes empresariales.
Las empresas no deberían operar de forma aislada, sino
conectadas, compartiendo ideas, recursos, aprendizajes y visiones. Ese flujo
constante fortalece no solo a una organización, sino a todo un ecosistema.
En contextos complejos, como los que vive muchas veces
el sur de Chile, la respuesta no debería ser únicamente reducir costos o
despedir personal. La verdadera pregunta es: ¿cómo evolucionamos frente a este
escenario?
Y la respuesta muchas veces está dentro de la misma
empresa.
En sus equipos.
En sus colaboradores.
Pero para acceder a eso, hay que hacer algo muy
simple, pero poco común: preguntar.
Aunque no tenga la respuesta inmediata, el solo hecho
de involucrarlo genera compromiso, sentido de pertenencia y pensamiento
crítico.
Y ahí aparece un concepto clave: la pertenencia.
Las personas no solo trabajan por dinero. Trabajan por
sentido, por reconocimiento, por crecimiento y por ser parte de algo que
consideran valioso.
Entonces, la verdadera oportunidad es esta:
Transformar la empresa en un espacio donde las
personas no solo trabajen… sino donde también crezcan.
¿Requiere esto grandes inversiones?
No necesariamente.
Requiere algo mucho más escaso:
Voluntad de cambiar.
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